Artistas que triunfan

Carlos Gardel

Impresionará películas con Raquel Meller

por SANTIAGO IBERO

Mediterráneo, revista semanal ilustrada

Barcelona

18-2-1928

Interpretar el alma popular, es una cosa que, aunque parece fácil porque el elemento principal (el cantar) se encuentra hecho y sentido por el pueblo, en la realidad ha demostrado que es de una gran dificultad. Pocos son los artistas que han sobresalido creando el arte con los decires de lo que los políticos derechistas han dado en llamar chusma, plebe, canalla.

Ayer, Pérez Galdós y Joaquín Dicenta, en la novela y en el teatro, hicieron palpitar de emoción al pueblo, que se veía retratado en la escena y en el libro. Hoy, Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, tienen como hermoso trofeo de toda su labor, Cancionera, poema hecho con las canteras inagotables del alma popular andaluza. Carlos Arniches, escoge los protagonistas de sus obras teatrales, de ese pueblo madrileño, despacio en el hablar y certero en la frase ingeniosa, tan certera como rebuscada. Carlos Gardel, interpretando tangos, pone su arte al servicio de los labios y el corazón en la boca. Por eso, arrebata el entusiasmo del público, que constantemente le ovaciona en sus actuaciones, tan seguidas como anheladas.

Carlos Gardel ha cogido las vidas truculentas de la gente olvidada en su desgracia, y con la sutileza del poeta, preciosamente las muestra a los auditorios, llegándoles al corazón.  Ese es el tango y ese su cantor-poeta, que muestra en el gesto la acción de lo que dice.

•••

El vestíbulo del Teatro Barcelona cobija a una elegante concurrencia, ahuyentada de la calle por una llovizna fría y persistente. Predomina el elemento femenino, que, con sus risas y voces argentinas, atraen las miradas del sexo fuerte, encantado de admirar tantas bellezas en una sola ojeada.

Una morena de ojos rasgados, mira impaciente un reloj-pulsera. A su lado, una rubia lánguida, de sentimentales ojos azules, parece haber perdido la noción del tiempo; un pensamiento vaga por el infinito de las ilusiones. Ambas son amigas mías. Voy a cumplir la agradable obra de misericordia de distraerlas, para obtener el premio de estar entre los ángeles, y que me concedan el adelanto de estar entre ellas, que ya es un verdadero purgatorio.

Haciéndome paso por entre la abigarrada multitud, llego hasta ellas. Me reciben con la sonrisa en los labios y la mano extendida.

Después de estrujarme el cerebro para hacerle unos ingeniosos calembours que acorten el tiempo de la espera cuando ya me he agotado, se deciden a prescindir de mí: se acercan, confidencialmente, e indiscreto—periodista al fin—escucho.

—Fíjate, Irene va a arruinar a su marido.

La aludida, cerca de nosotros, se arregla unos rebeldes cabellos color de oro viejo, con la diestra mano.

—¿Por qué?—pregunta la morena.

—Porque el khol de los ojos, lo gasta también en las uñas.

—¡Oh!

Sigue el insidioso ensañamiento contra las amigas que vislumbran por sus alrededores.

Escucho, me hago el distraído y callo.

—¿No viniste el día del debut de Carlitos?—pregunta la de ojos agarenos a su compañera.

—No pude. ¿Lo viste tú?

—Sí, chica.

—¿Cómo está?

—¡Está "platino"!

—El repertorio, ¿eh?

—¡Ah! claro; ¿qué te habías figurado?

—Nada.

No me sorprende que mis amigas sean admiradoras del artista argentino; lo extraño es encontrar una "niña pera" que no lo sea.

La avalancha humana que se precipita hacia el salón, abiertas ya las puertas, nos separa. Saco los brazos para enviarles un saludo de despedida, y agítolos en alto, como si estuviese pidiendo socorro porque me ahogara en el Atlántico; en realidad, no me ahogo en el Atlántico, pero entre tanta gente, me falta la respiración.

•••

Gardel me recibe, afable, en su camerino. Su cara siempre está dibujando el gesto sano de la risa.

—¿Ha sido comediante antes que cantador de tangos?

—Tuve mi afición por la escena desde que era niño. Mi ilusión era estar metido en los escenarios de Buenos Aires, en que actuaban los grandes divos.

—¿Se opuso su familia a sus aficiones teatrales?

—Al contrario, pensaron que mi excelente voz de barítono debía ser aprovechada. Se buscó un maestro y pensaron enviarme a Europa, para completar el estudio de canto..., que no había comenzado.

—¿Por qué?

—Yo me opuse, porque no sentía el canto académico; buscaba algo más hondo, más puro, más popular.

—Usted sentía el bote natural de su alma.

—Eso; sentía el canto de otra manera: menos estudiado y de forma más primitiva.

—¿Cuándo empezó a cantar?

—En cuanto tuve uso de razón empecé, porque sí, sin escenario, ante mis amigos, sólo por el placer de cantar, de abrir un cauce a aquel fondo de emoción que yo sentía en mí... Y en el entusiasmo de las grandes faires con los amigos y de los copetines, me emocionaba con la fuerza sentimental de las canciones gauchas, tintas de melancolía en sus ritmos lentos y tristes.

—¿Cantaba para sus amigos, solamente?

—Para ellos y para mí.

—¿Qué canciones?

—Vidalitas, estilos, zambas...

—¿Tangos, no?

—¡Qué esperanza! No se hacía aún este género de canción, que es reciente. El tango, aunque hable de la pampa, es porteño, de Buenos Aires.

—¿Quién implantó este nuevo modismo?

—¿Quién sino yo?

—Entonces, ¿usted no es tan joven como parece?

—Parezco más joven de lo que soy... pero no por los años, sino por la intensidad con que los he vivido.

—¿Ningún imitador le ha llegado a aventajar?

—Hasta hoy, ninguno. Yo soy, sí, el creador del tango, de esa sensiblera canción que hoy gusta tanto en España como en la Argentina.

—El Arte es creación, y no imitación.

—Indudable.

—Sin embargo, la Prensa porteña elogia mucho a Ignacio Corsini, considerándolo como...

—No lo crea—ataja rápido—. Este muchacho es actor de una compañía de allá, y de fin de fiesta, canta algunos tangos. Lo hace por agradar y como aficionado. El público, lo acata, benévolo, por considerar que es un regalo que le hacen... y los regalos no se pueden rechazar, a no ser que se carezca [de] educación.

—¿Añora su patria?

—Únicamente por mi viejecita. Vengo a aquí como quien va a su propia casa. En mis dos viajes anteriores he dejado en España verdaderos afectos. Tengo amigos que me estiman de verdad. Tan gratos me resultaron los días que me fué dado vivir en Madrid y Barcelona, que en algunos momentos hasta llegué a forjarme la idea de que estaba en Buenos Aires. Y es que en esta tierra, ¡muchacho!, nos quieren mucho a los argentinos; hay verdadera predilección, grande simpatía por las cosas de mi Patria. Domina tanto el tango, que muchas veces sonrío y recuerdo el Buenos Aires "dorique", oyendo cómo un chulo, sin "grupo", se "faja" un "gotán" al "uso nostro", silbando o cantando con maestría compadrita.

—¿Le gustan mis compatriotas femeniles?

—La mujer española es de una suprema belleza, pero de belleza que huele a mujer, no a instituto de belleza... ¿Por qué tendrá España tan buenas mujeres y tan buenos vinos?

—Para demostrar a los extranjeros que no vivimos de la leyenda legendaria, sino de las realidades.

Ya que la conversación ha tropezado con el tema de la mujer española, pretenderé hablar de amores con Carlitos Gardel, que cuenta con un número considerable de admiradoras. Es un asunto delicado, pero la indelicadeza de ahondar en el corazón del cantor de tangos, será pagada con el agradecimiento de las lectoras.

—Ahora —le digo—, vamos a hablar como amigos, sin el recelo de la indiscreción periodística.

—De sus conquistas.

—Se le ve el "poncho", mi amigo.

Me miro detenidamente y le respondo:

—Fuera de la "trinchera", no creo que se me vea nada incorrecto.

—Quiero decir que se le ve la intención.

Como si no fuese conmigo la advertencia, sigo:

—En amoríos.

—¿Amores, no?

—No tengo tiempo: el trabajo, los ensayos y la tregua dedicada al descanso, me hacen, al entregar mi corazón, ser dueño de mi espíritu, por estar pendiente de mi arte.

—Pues yo le he visto por Madrid, de gorra, con una chulona, como si el amor les hubiese unido.

—Es una admiradora, desde hace cuatro años, cuando debuté en el Teatro Apolo.

—No iba solo, ¿verdad?

—Trabajaba a dúo con Razzano, después de actuar la compañía de Enrique da Rosa.

—¿Ha pensado usted en casarse?

—No; por el temor de que mi mujer fuese celosa. Sería la tragedia más horrible; no me dejaría vivir... y me restaría admiradoras.

—Lo principal para usted.

—Todo el que hace un arte, grande o pequeño, quiere obtener la admiración del público.

—¿Sabe este público distinguir la calidad de los tangos?

—Muy contento del público de España; muy inteligente. Hace dos años, cuando escuché por primera vez el tango "La Cieguita", no dudé que conseguiría con él un gran éxito, y así fué; letra y música es de autores españoles, y ahora, en esta nueva actuación, he tenido el gusto de aceptar unos tangos y canciones, que no dudo serán de triunfo, y con mi modesta colaboración, haré populares. Se imagina qué placer, cuando a mi llegada a Madrid me visitan esos modestos muchachos, y, rebosantes de satisfacción, me dicen: "¡Qué éxito! Nunca lo hubiésemos sospechado; siempre creímos que "La Cieguecita" gustaría, pero esperar tantos aplausos y tantas pesetas... ¡¡¡Jamás!!!

—El auditorio se queja de que canta usted poco.

—Viera en los compromisos que me veo todos los días para cantar, o mejor dicho, para buscar los tangos que sean del gusto del público; si fuera por mí, cantaría más, mucho más; pero el tiempo no me deja. La empresa me advierte: "¡Carlitos, ¿para qué no canta Entrá no más?" "Deléitenos con Mi noche Triste" "¿Cuándo cantará Buenos Aires?"

—Esto es del repertorio antiguo.

—De hace tres, cuatro y ocho años, y, francamente, no me acuerdo, tengo que repensarlos, encargarlos de nuevo; pues, ni mis guitarristas ni yo interpretamos nada con papel de música; todo lo aprendemos de oído, por eso hay que acostumbrarse a mi modo, que es natural, sin reglas, puro sentimiento e intuición. ¿No ha observado usted que nunca canto igual una misma creación?

—Es cierto.

—Le aseguro que canto siempre distinto, según me encuentro, aunque poniendo siempre toda mi alma en ello; yo no puedo cantar lo que no siento. Tanto es así, que creo ser el artista que ha impresionado más placas de gramófono; tengo dos mil seiscientas canciones en discos. ¿Cree usted que puedo acordarme de todas, y sentirlas todas igual? ¡¡Imposible!! Muchas veces, hay tangos, que ni los aprendo de memoria; para impresionar las placas, los voy leyendo, como una lección puesta en la pizarra. Y me olvido completamente de ellos, y hasta de los títulos. Así ocurre, que me dicen: "¡Que lindo tal tango! Cántelo", y no puedo complacer a los admiradores, porque lo he olvidado, o mejor dicho, no lo he aprendido.

Como el gesto y la figura de Carlos Gardel tiene asimilación con los galanes de la pantalla, me aventuro a preguntarle:

—¿Le gustaría trabajar en el cine?

—Me gusta enormemente el cine, y tal vez ahora pueda realizar uno de mis mayores deseos...; ¡hacer una película! No se crea que es una pretensión; ya he trabajado en el cine; hace muchos años interpreté "Flor de durazno", con gran éxito; pues siendo una de las primeras películas argentinas, le aseguro que fué la que más interesó al público. Pero renuncié en seguida, porque carecemos allí de buenos elementos, y la dirección es muy deficiente. Dicen, y yo no puedo asegurarlo, que hay en mí "pasta" para hacer un buen artista cinematográfico.

—¿Piensa reincidir?

—Ahora me han propuesto filmar una película en París, y estoy decidido, por ser un trabajo que me satisface. De llegar a un acuerdo, tendré el honor de acompañar a esa gran artista española, que ustedes tanto quieren, y yo tanto admiro, que se llama Raquel Meller.

—¿Cómo ha nacido esa idea de juntar a ustedes en una película?

—La proposición ha partido de mi buen amigo, empresario y periodista, don José Campúa, que desinteresadamente ha procurado que me viese trabajar el caballero audaz, porque está preparando la filmación de "La venenosa".

—Pero la enfermedad de Raquel...

—Me ha sorprendido la noticia, y por ahora, se verá privada, momentáneamente, de entregarse, en cuerpo y alma a una labor artística, que no dudo le llevará aún más allá del pedestal en que está colocada artísticamente. ¿Usted no conoce "La venenosa"?

—No...

—¡Ya verá que interpretación de ella, hará Raquel! Y yo (permítame esta sinceridad), he tomado esto con todo el calor, con todo el entusiasmo que pongo en mis cosas; y haré lo imposible por transmitir al público la misma emoción que siento al cantar un tango triste y noble... "La luz de un candil", por ejemplo...

—¿Es amigo de sus imitadores?

—A todos los quiero y admiro; soy buen amigo de ellos, aunque no me gusta la vida entre artistas; en vez de aprender, se pasan la vida murmurando, y mi carácter es contrario a este método.

—¿Usted es amante...?

—¿Cómo?—me ataja.

—...del deporte?

—Hago gimnasia diaria, y siento predilección por la natación y el fút-bol.

—¿Le gusta la fiesta de toros?

—Cuando hay corridas no falto a ellas: es un espectáculo bello. Yo tengo amigos toreros.

—¿Guarda dinero de lo mucho que gana?

—Si no hubiese carreras de caballos, sí.

—Una anécdota y me marcho.

—Le voy a contar la última, que me ha contado un amigo catedrático de la universidad de aquí. "Es tanto el furor del tango—me decía—, por tu culpa, que hoy he sorprendido a tres alumnos, leyendo durante la clase, tres libros de tangos, en vez de los libros de texto".

—¡Catastrófico, Carlitos!

—¡Como le digo, che!

Gardel, que durante la conversación se ha ido vistiendo, se despide, aceleradamente, y marcha a escena.

A la salida del camerino, le oigo:

"¡Araca, corazón... Callate un poco! y escuchá por favor, este chamuyo, si sabés que su amor nunca fué tuyo y no hay motivos para hacerse el loco. ¡Araca, corazón... Callate un poco!"